La vista exterior de la Tierra desde alguna distancia próxima, digamos desde un satélite, puede hacernos pensar que el nombre de nuestro planeta debería ser el Agua o el Mar. Esta sustancia, conformada por un átomo de oxígeno y dos átomos de hidrógeno, domina ampliamente la imagen que aparecería ante nuestra mirada.
En efecto, el agua ocupa un poco más del 70 por ciento de la superficie terrestre. Las grandes superficies de los océanos predominan respecto de las superficies secas. Aun en las grandes masas continentales, hay enormes mares, ríos, lagunas, pantanos y manantiales que parecen invadir sin descanso la superficie del mundo.
Parece un exceso que llamemos a nuestra casa, la Tierra, si lo que predomina es el Agua. Las ballenas, los tiburones, las algas, el plancton tendrían razón si se quejaran ante un Jurado Cósmico por discriminación, ahora que está de moda sentirse humillado por cualquier tema.
Sin embargo, esta impresión es engañosa. En realidad, si toda el agua disponible se concentrara en un punto, apenas ocuparía 2 centésimas de un punto porcentual de la masa total de la Tierra. Los minerales y las rocas forman el 99.98% de la masa terrestre. Así que la queja de la vida marina no tendría lugar ante un Jurado Cósmico: la Tierra considerada como un globo es una enorme roca con muy poca agua.
El origen del agua es un enigma que acepta dos hipótesis convergentes. El agua se originó en las etapas tempranas de nuestra roca por la actividad volcánica y por el choque de asteroides y cometas con agua congelada, emigrada de los insondables abismos del cosmos.
El agua es el disolvente universal. Esta cualidad asombrosa la convierte en la sustancia clave de la emersión y prolongación de la vida. Sin agua no habría formas vivas, mucho menos una especie más o menos racional que se hiciera preguntas sobre las propiedades del agua.
Hay poca agua en nuestro planeta. Esta realidad nos hace conscientes de la imperiosa necesidad de cuidarla como el bien más preciado. Nada se le parece en cuanto valor para la continuidad de la vida.
Haremos bien en respetar sus ciclos, cuidarla, limpiarla, procesarla. Con agua de mala calidad, generada por las innumerables actividades contaminantes de nuestra especie, comprometemos la viabilidad de las más diversas formas de vida y de las futuras generaciones humanas.
